¿Quién es el vivo?, ¿quién es muerto?

Fotos de familias alrededor de un ataúd; de angelitos, niños muertos rodeados de flores; de niñas de comunión con rosarios entre las manos; de solemnes parentelas junto al difunto patriarca; de  madres sosteniendo los cuerpos inertes de sus bebés. Cuando la muerte era más cercana se vivía de otra manera: los velatorios se hacían en la propia casa después de arreglar al fallecido. Se cubrían las ventanas y los espejos con telas negras y se seguía un riguroso luto. La muerte tenía su propia parafernalia y las fotografías post mortem eran parte de ella, aunque a nuestros actuales ojos suponga una fuente de inquietud; pero hasta mediados del siglo XX supuso la manera de tener un recuerdo de los familiares difuntos, incluso una manera de hacer partícipes a los familiares que no habían podido asistir al entierro.

De fotografías con el fallecido dentro del ataúd o en el mismo velatorio se pasó a otras más elaboradas: con actitud descansada o en aparente escena familiar con otros parientes en un  intento de simular la vida y en la mayoría de estas fotos estaba tan logrado que era difícil discernir a los vivos de los muertos, porque para ello, además de maquillar y arreglar convenientemente el rostro del cadáver, se llegaba a pintar ojos en los párpados cerrados de los difuntos para darle mayor verosimilitud. El fotógrafo también se valía de ingenios para sostener el cuerpo y lograr la postura más natural posible o incluso para que posara de pie. Lo primordial era incluir al difunto en escenas cotidianas de la familia y para eso los acompañantes no podían demostrar dolor ni tristeza. En algunos casos se recurría a elementos simbólicos dramáticos como relojes mostrando la hora del fallecimiento o flores entre las manos

Así que si tienes viejas fotos en tu álbum familiar, mira bien, puede que uno de esos familiares que te mira en blanco y negro esté muerto.