El olfato es uno de los cinco sentidos de los que disponemos los seres humanos para interpretar el mundo que nos rodea. Y su importancia no radica solo en el aprendizaje adaptativo para evitar daños, por ejemplo: el mal olor de la comida estropeada nos alerta y nos evita intoxicaciones alimentarias; también nos genera estados de ánimo. El olfato está relacionado íntimamente con la memoria y las emociones.

Cualquier etapa de nuestra vida podemos asociarla a determinados aromas: las galletas de la abuela, el perfume de mamá, el olor del mar en verano, el antiséptico del hospital… por eso, un mismo olor puede producir diferentes reacciones para cada persona según  la emoción que despierte o el recuerdo que evoque.

Tiene tanta importancia el olfato que incluso se utiliza en publicidad para crear sensaciones agradables inconscientes y generar impulsos de compra: el olor a «nuevo» en los coches o el «aroma a palomitas» a la entrada del cine, el «aroma a café» para crear «ambientes hogareños», el olor de la lavanda como sinónimo de limpieza, etc.

Inducir estados de ánimo no es algo nuevo. La aromaterapia ya era utilizada por los sacerdotes y médicos perfumistas del Antiguo Egipto que empleaban diversos aceites aromáticos, en especial el mítico perfume sagrado Kyphi: una mezcla de diversos ingredientes como miel, resina, mirra, cardamomo, junco oloroso, etc., confeccionados en conos de cera que se ponían sobre la cabeza para que al derretirse con el calor impregnara su cuerpo de aroma, pero también usado como ofrenda a los dioses en ritos sagrados, y para aliviar el asma, sanar algunas dolencias dermatológicas, para inducir el sueño y como relajante, porque ellos ya sabían que, en muchas ocasiones, para sanar el cuerpo primero hay que sanar la mente.