Harry Houdini fue un famoso escapista del siglo XX de origen húngaro. Cambió su nombre de Eric a Harry y adoptó el apellido Houdini tras leer las memorias del que se convertiría en su ídolo: el mago Jean Eugène Robert-Houdin. Durante su infancia y juventud se dedicó a los espectáculos de magia con trucos de cartas, desapariciones y escapismo pero alcanzó renombre mundial tras una gira por Europa.  Famoso por liberarse de cadenas y camisas de fuerza dentro de tanques de agua, se convirtió en una figura admirada y aclamada allí por donde iba. Sus espectaculares actuaciones incluyeron desafíos a la policía, suspenderse desde enormes grúas, aparecer y desaparecer.

Su gran capacidad pulmonar para mantener la respiración bajo el agua era lo que más impresionaba a su público, aunque la realidad era que, aunque se entrenaba en apnea, conseguía salir de su encierro al poco tiempo, manteniendo la expectación hasta el límite.  Puede que un accidente en un río en el que casi se ahoga cuando era niño tuviera algo que ver con su obsesión por querer salir airoso de la muerte bajo el agua.

Pero Houdini no fue conocido solo por ser un mago o un escapista. En sus últimos años se embarcó en la ardua tarea de desenmascarar a los espiritistas y falsos médiums cuando, tras morir su madre y por mediación de Arthur Conan Doyle, se puso en contacto con un médium que aseguró tener un mensaje para él de su madre fallecida. El hecho de que Houdini desmontase aquella patraña, pues el mensaje era en inglés y su madre solo hablaba húngaro, desembocó en un total rechazo hacia los temas de ocultismo y se convirtió en azote de espiritistas a los que continuamente destapaba sus trucos y prácticas fraudulentas llegando a un gran enfrentamiento con ellos que veían peligrar su «negocio».

La leyenda de Harry Houdini llegó incluso a su muerte que no se produjo, como muchos creen,  durante uno de sus espectáculos de escapismo, sino por una peritonitis el treinta y uno de octubre de 1926. Antes de morir, le aseguró a su esposa que si había un más allá, se pondría en contacto con ella mediante un código secreto de diez palabras que solo ellos dos conocían. Tras la última sesión espiritista, diez años después de su muerte, ningún médium pudo contactar con él. Su mujer se dio por vencida y apagó la vela que mantenía encendida junto a su fotografía.